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Incluida en un principio como parte de la oración por los antiguos griegos (Dionisio de Tracia, siglo II a. C.), la naturaleza lingüística y comunicativa de la interjección es uno de los temas más controvertidos por los estudiosos del lenguaje. Y a pesar de las posturas posteriores de los gramáticos latinos (Elio Donato, siglo IV d. C.), que ya no las consideran simples palabras, sino que poseen autonomía sintáctica y expresan sentimientos y emociones, no han sobrado posiciones ambiguas y contradictorias, al considerar la interjección unos u otros como parte de la oración, como parte del discurso, como voz, como gesto y hasta como pervivencia del lenguaje originario.

Auténticos indicadores de la subjetividad del hablante, las interjecciones vienen a constituir verdaderas oraciones, cuyo sentido completo se determina circunstancialmente por medio de la entonación y el contexto en el momento en que se actualiza la comunicación. Usted exclama ¡opa! y su interlocutor entiende perfectamente que le está llamando la atención por algo incorrecto. En el intercambio comunicativo a usted le dicen ¡qué diaca! y usted sabe que no lo están elogiando.

Metallic CLARKS Wedge Helio CLARKS Womens Womens Leather Latitude Sandal Pewter Por su naturaleza eminentemente espontánea y afectiva, constituyen un elemento lingüístico típico de la conversación y en general del lenguaje principalmente oral, nivel de lengua que le permite -por contar con la entonación como elemento determinante para la expresión sentimental- expresar sensaciones o emociones de la persona que habla (¡uyuyuy!), o actuar como llamada a la persona a quien se habla (¡ohe, mae!), o dar una imagen viva de una acción (¡chocoplós!).

Pero la gama infinita de matices expresados con la interjección no se agota, por supuesto, ni en la clasificación de Manuel Seco, quien nos habla de la interjección imitativa (u onomatopéyica), una imitación del ruido de un golpe o caída (¡juácata! o ¡fuácata!, ¡pungún!) o el sonido producido por el agua (¡chocoplós!, ¡chucuplún!, ¡chumbulún!); incluso por otra causa, como el producido por las manos que “chocan” en el saludo (¡chócala!).

Un segundo tipo es la interjección que expresa una sensación o una emoción del que las pronuncia (interjección expresiva), con una marcada carga enfática, como las que manifiestan sorpresa o asombro (¡ala!, ¡epa!, ¡güevo!, ¡choco!, ¡chocho!, ¡chófiro!, ¡chorro!; o las que expresan repudio, desagrado, repulsión, contrariedad, rechazo o disgusto (¡chancho!, ¡che!, ¡jocote!, ¡jobero!, ¡guácala!, ¡fuche! o ¡fuchi!, ¡miércoles!, ¡mierda!, ¡mecha!); o cierto matiz de extrañeza (¡púchica!, ¡diastre!, ¡puta!); o la calidad (¡diaverga!, ¡salvaje!, ¡bestial!, ¡bárbaro!); o disgusto (¡jodido!), o temor (¡chiva!), o burla (¡uyuyuy!, ¡lerolero!, ¡chinchinga!); o estímulo (¡upa!), o asentimiento (¡ecolecuá!) o negación o desacuerdo (¡nacatamales!), (¡nacascoles!), (¡negra!), (¡naranjas!); o llamada de atención (¡opa!). Se incluyen en este grupo las interjecciones empleadas para espantar (¡chu!, ¡cuche o coche!), para callar (¡so! o ¡cho!), conjurar (¡machalá!), maldecir (¡malaya!), alentar (¡adentro!), advertir o amenazar (¡ajá!), y hasta ¡uuhh!, para expresar el largo tiempo transcurrido de un acontecimiento. Y la variedad de matices con ¡idiay!, la interjección -como dice Mario Urtecho- que reclama una columna entera.

Un tercer grupo lo forman las interjecciones que empleamos para iniciar la comunicación. Son las llamadas interjecciones apelativas, porque “apelan” al interlocutor estableciendo un contacto previo, antes de emitir el mensaje. Una mera conexión con el oyente, que encontramos en el saludo y la despedida (las llamadas por algunos autores interjecciones “formularias”), como el saludo de los jóvenes: ¡Qué onda!, ¡Qué pasó!, ¡entonces!, ¡ohe, mae!

Manuel Seco incluye en su clasificación un cuarto grupo: las interjecciones por traslación. Se trata de un recurso que permite convertir en interjección palabras o grupos de palabras de distintas categorías (sustantivo, adjetivo, verbo...) que en el contexto en el que se emiten pierden su significado original para expresar el momentáneo desahogo emocional del más diverso signo. Tradicionalmente se las denomina impropias o secundarias, términos desemantizados que proceden de cualquier esfera vital. Cuando en una riña, uno de los adversarios grita ¡rempujá!, no le quiere decir que “rempuje”, es decir, que haga fuerza para mover algo, sino que lo está retando a la pelea. Son ejemplos de este tipo: ¡chancho!, ¡güevo!, ¡mecha!, ¡puta!, ¡mierda!, ¡caballo!, ¡salvaje!, ¡bestial!, ¡quienquita!, ¡barajo!

 

* Escritor y lingüista